La pérdida del miedo a enfermedades de transmisión sexual como el VIH, ha hecho que el porcentaje de jóvenes seropositivos aumente en España en los últimos años.
Las enfermedades de transmisión sexual (ETS) o las infecciones de transmisión sexual (ITS) están aumentando entre la población en los últimos años debido a la desprotección en las relaciones sexuales que está proliferando en los más jóvenes. El hecho de que muchas son asintomáticas hace que pueden estar propagándose sin que nos demos cuenta. Desde 2013 infecciones como la sífilis o la gonorrea han aumentado un 76% y un 67% respectivamente en Europa.
El virus de la inmunodeficiencia humana, más conocido como VIH es una de las enfermedades más temidas. “Mucha gente cree que el VIH y el SIDA son lo mismo, pero la realidad no es así”. Afirma Fran, miembro de la Fundación Veintiséis de diciembre. El SIDA (síndrome de la inmunodeficiencia adquirida) es la etapa final del VIH. La razón por la que siempre se habla de SIDA es porque cuando se descubrió el virus, los portadores ya estaban en la etapa final.
La catalogamos como enfermedad de transmisión sexual debido a que se transmite a través de fluidos corporales que tienen una gran carga viral, como es el caso del semen, el flujo vaginal o las mucosas anales. Cuando alguno de estos fluidos entra en contacto directo con la sangre, se produce la infección. La saliva, el sudor o las lágrimas jamás podrían llegar a contagiar por el hecho de ser fluidos con poca carga viral.
Otro tipo de contagio es la transmisión vertical, es decir, cuando una madre es seropositiva y se lo contagia al feto, algo que, en países occidentales, ya no ocurre gracias a los rigurosos estudios a los que son sometidas las embarazadas antes de dar a luz.
El virus tiene su origen en Kinsasa, actual capital de la República Democrática del Congo. Expertos aseguran que el virus se trasladó de los simios a los humanos aproximadamente en 1930 debido al contacto entre ambas especies al practicar la cacería o directamente al comérselos mal cocinados.
El 5 de junio de 1981 se empezaron a dar los primeros casos de SIDA debido a que la población masculina duplicaba a la femenina. En San Francisco (EEUU) saltó la voz de alarma al darse un brote de neumonía que afectó a 10 hombres. Casi todos ellos murieron sin remedio. El hecho de que todos ellos fueran homosexuales junto a que en sus pieles aparecieran una serie de manchas de color rosa, llevó a pensar que se trataba de una enfermedad gay a la que llamaron “cáncer rosa”.
Posteriormente, tras varios avances en la investigación, se empezó a determinar a cuatro grupos de personas con más riesgo de contraer la enfermedad. Se sabía que el SIDA estaba presente en homosexuales, pero también se dieron casos en personas que habían recibido transfusiones de sangre o, en personas que consumían drogas. En la misma época, los Centro pare el Control y prevención de Enfermedades de los Estado Unidos incorporaron también a los haitianos como grupos de riesgo. Es por eso que se les denominó el club de las cuatro haches: homosexuales, hemofílicos, heroinómanos y haitianos.
En aquella época, la medicina no contaba con la solución a esta enfermedad que deterioraba el sistema inmunológico de las personas que la padecían, pero en 1983, un grupo de investigadores dirigido por Luc Montagnier y Robert Gallo, descubrieron el retrovirus, es decir, descubrieron el virus del VIH que provocaba el ahora conocido como SIDA.
A día de hoy sigue siendo una enfermedad sin cura, pero sí existe un tratamiento que hace que los portadores sean indetectables, es decir, que su carga viral en sangre sea inferior a lo que se puede detectar, lo que hace que el virus no se pueda transmitir. Actualmente nadie muere de SIDA, lo que ha hecho que la sociedad le pierda el respeto.
En España, el 11% de los nuevos casos de VIH son jóvenes de entre 15 y 24 años. Se estima que hay alrededor de 140.000 personas infectadas pero que solo 1 de cada 5 lo saben. Uno de ellos es Eric Guisado, un joven de 23 años al que le diagnosticaron VHI cuando tan solo tenía 17.
Todo empezó cuando terminaba bachillerato y le diagnosticaron gonorrea, lo que hizo que le citaran para los análisis del VIH. Él, por miedo, dejó la carta en su mesita durante dos meses hasta que su madre la descubrió y, preocupada, lo obligó a hacerse un diagnóstico.
A los dos días del test, recibió una llamada en la que le volvían a citar. Tres médicos en la sala hicieron que su inquietud aumentara. Dio positivo en el test. “No te vas a morir de esto, pero te vas a morir con esto” fue lo que le dijeron los médicos después de que él se echara a llorar tras conocer el resultado.
“Dentro del mundo homosexual hay mucha liberación y muchas veces hacía de pasivo dónde hay más riesgo” confiesa Eric cuando tiene que responder a la gran pregunta de ¿cómo pasó?
El mismo día en que se lo diagnosticaron, haciendo caso omiso al consejo de su madre, Eric se lo contó al que, hasta entonces, consideraba su mejor amigo. Este reaccionó como cualquier buen amigo lo haría y se informó acerca del asunto. Al poco tiempo, en una de las relaciones que iba a tener Eric con un chico que no era ni de su misa ciudad, este le obligó a usar protección porque decía que “ya sabía lo suyo”.
A la traición de su amigo se le sumó que, al medio año de infectarse, apareciera en Barcelona, (su ciudad natal), la aplicación de confesiones anónimas “Secret” en la que lo ponían verde revelando su enfermedad. Esto provocó que, con 17 años, a parte de enfrentarse a su diagnóstico, tuviera que verse envuelto en un proceso judicial tras denunciar el caso.
Las consecuencias no solo fueron esas. Poco tiempo después, tuvo problemas de erección a la hora de tener relaciones porque sus parejas estables le proponían no usar el preservativo y no él era capar de controlar la situación. “Suponía un problema para mí contarle a una persona que quiero que tengo VHI porque la primera reacción siempre es de rechazo”.
Se puede decir que su vida ha cambiado por completo por el hecho de que ahora tiene que medicarse todos los días. Lo que no ha cambiado es su vida personal “esto forma parte de mi vida privada y no tengo porque contarlo cada vez que quiero acostarme con alguien”. El fármaco que existe hoy en día hace que el virus no se replique en sangre, por lo que es imposible su transmisión. “Soy indetectable y no tengo porque avisar a nadie”.
Iosu Azqueta, sexólogo y pedagogo técnico del programa de diagnóstico precoz de infecciones y salud sexual en la asociación “Apoyo Positivo”, advierte de que es importante un diagnóstico precoz para poder tomar decisiones respecto al sexo que practicamos e impedir la transmisión. El coste del tratamiento si no se realiza un diagnóstico a tiempo, puede aumentar hasta un 20%.
Además de la medicación contra el virus, existe un fármaco que previene del contagio. Se trata de unas pastillas elaboradas con un medicamento llamado “truvada”. Estas las toman las personas seronegativas expuesta a contraer el virus con la intención de reducir estas posibilidades. Este tratamiento recibe el nombre de PrEP (profilaxis preexposición).
Sanidad ha aprobado la inclusión de esta pastilla este año, pero según Iosu, solo algunos centros como el Centro Sanitario Sandoval la suministran. “Comprarla por internet es mucho más barato” asegura.
A pesar de ser un medicamento para evitar una enfermedad que cada vez contraen más personas, tiene muchos detractores que ponen en duda su eficacia y aseguran que su suministración implica fomentar la promiscuidad y el sexo sin protección. Por desgracia esto se debe a que el VHI es una enfermedad de transmisión sexual y la sexualidad en nuestra sociedad todavía es un tema tabú.
¡Gran blog! Seguid así, vaís para arriba.
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